El año 2026 se perfila como un punto de inflexión para Chile. No se trata únicamente de un cambio de calendario, sino de un giro más profundo que combina expectativas económicas, ajustes en el mercado laboral y un nuevo escenario sociopolítico que comenzará a tomar forma a partir de marzo.

Este nuevo ciclo no promete transformaciones inmediatas ni resultados espectaculares de corto plazo, pero sí anticipa un proceso de reordenamiento que podría sentar las bases para una economía más dinámica y un mercado laboral más funcional. La clave estará en cómo se alineen las expectativas con la capacidad real de ejecución y en qué medida los cambios políticos se traduzcan en señales claras para empresas, trabajadores y pymes.


Un escenario económico de ajustes más que de expansión

En términos macroeconómicos, 2026 no será un año de crecimiento acelerado, pero sí podría marcar el fin de una etapa de estancamiento prolongado. La economía chilena ha mostrado una lenta recuperación, con cifras que reflejan estabilidad, pero sin la expansión esperada. En este contexto, el desafío principal no es crecer rápido, sino crecer de manera sostenida y con bases más sólidas que permitan recuperar la inversión, mejorar la productividad y generar empleo de calidad.

La llegada de un nuevo gobierno introduce un componente clave en este escenario, ligado a la expectativa de un cambio en el tono y las prioridades de la política económica. El discurso pro inversión, la reducción de trabas regulatorias y la búsqueda de mayor eficiencia del estado aparecen como ejes centrales de la nueva etapa. Este enfoque se produce además en un contexto internacional desafiante. Las economías globales continúan ajustándose a un escenario de tasas de interés más altas que en la década pasada, conflictos geopolíticos persistentes y una transformación tecnológica que avanza más rápido que la capacidad de adaptación de muchos países.


Inversión como motor y termómetro de confianza

Durante los últimos años, la inversión privada ha mostrado señales de debilidad, afectada por la incertidumbre política, los cambios regulatorios y un clima general de cautela. Pero este nuevo escenario abre la posibilidad de revertir esa tendencia, aunque de forma gradual y selectiva.

Los sectores vinculados a recursos naturales, infraestructura, energía y construcción aparecen como los primeros llamados a liderar este proceso. No sólo por su peso histórico en la economía chilena, sino también porque concentran proyectos de gran escala que tienen efectos directos sobre el empleo y las cadenas productivas. La reactivación de estas áreas podría generar un efecto arrastre sobre otros sectores, como servicios, logística y comercio.

Sin embargo, la inversión no se mueve sólo por discursos. Requiere señales concretas de estabilidad normativa, tiempos razonables de tramitación y un marco regulatorio que equilibre desarrollo económico con sostenibilidad. En ese sentido, 2026 será una prueba clave para evaluar si las expectativas generadas logran materializarse en decisiones reales de inversión o si quedan atrapadas en la lógica de la espera.


El mercado laboral frente a una recuperación lenta pero necesaria

El mundo del trabajo refleja de manera directa los vaivenes de la economía. Durante 2025, el mercado laboral chileno mostró signos de fragilidad, con una creación de empleo acotada y una fuerte presencia de trabajos informales o de baja estabilidad. Para 2026, las proyecciones apuntan a una mejora gradual, más asociada a la normalización que a un crecimiento explosivo del empleo.

Las empresas siguen operando con cautela. Si bien existe una mayor disposición a contratar, esta se expresa principalmente en formas más flexibles de empleo, como contratos a plazo, proyectos específicos o servicios transitorios. Esta tendencia no responde únicamente a la coyuntura económica, sino también a un cambio estructural en la forma de organizar el trabajo, donde la adaptabilidad se vuelve un valor central.

Los perfiles más demandados continúan siendo aquellos ligados a funciones operativas, técnicas y especializadas, especialmente en sectores productivos. La automatización, la digitalización y la incorporación de nuevas tecnologías han modificado las necesidades del mercado laboral, generando una brecha entre la oferta y la demanda de competencias que sigue siendo un desafío pendiente.


Nuevas dinámicas laborales y expectativas de los trabajadores

Más allá de las cifras, el mundo del trabajo en 2026 también estará marcado por un cambio en las expectativas de los trabajadores. Los últimos años recién pasados, transformaron la relación con el empleo, instalando con fuerza temas como la estabilidad, la conciliación entre vida laboral y personal, y la percepción de sentido en el trabajo.

En este escenario, el empleo ha dejado de ser visto únicamente como una fuente de ingresos y ha pasado a evaluarse también como una experiencia. Esto obliga a las empresas a repensar sus estrategias de atracción y retención de talento, especialmente en un contexto donde el crecimiento económico es moderado y la competencia por ciertos perfiles sigue siendo alta. La flexibilidad laboral, el acceso a capacitación y la claridad en las condiciones contractuales se vuelven factores diferenciadores. Para muchas organizaciones, 2026 será un año clave para redefinir su propuesta de valor como empleadores y adaptarse a un mercado laboral más exigente y consciente de sus derechos.


El rol de las pymes en un escenario de transición

Las pequeñas y medianas empresas ocupan un lugar central en este proceso de cambio, ya que representan una parte significativa del empleo en Chile y suelen ser las primeras en sentir los efectos de los ciclos económicos. Por esto, 2026 se presenta como un año de oportunidades moderadas, pero también de desafíos importantes. Por un lado, un entorno económico más estable y con mayor foco en la inversión podría abrir espacios para el crecimiento, la formalización del empleo y la consolidación de proyectos que fueron postergados en años anteriores. Por otro, las pymes siguen enfrentando limitaciones estructurales, como el acceso al financiamiento, los costos laborales y la carga administrativa.

La capacidad de adaptarse será clave. Muchas pymes deberán apoyarse en esquemas de contratación más flexibles, alianzas estratégicas y una gestión más eficiente de sus recursos humanos para mantenerse competitivas. En este contexto, el uso de servicios externos, soluciones transitorias y modelos híbridos de trabajo aparece como una alternativa cada vez más relevante.


Desafíos estructurales que no desaparecen

A pesar del cambio de clima y las expectativas positivas, 2026 no elimina los problemas estructurales que arrastra la economía chilena. La baja productividad, las brechas de capacitación y la informalidad laboral siguen siendo temas pendientes que requieren soluciones de largo plazo.

El riesgo está en que las expectativas superen la capacidad real de ejecución. Si los cambios prometidos no se traducen en mejoras concretas, el efecto puede ser el contrario al esperado, generando frustración tanto en el mundo empresarial como en los trabajadores. Por eso, más que grandes anuncios, el nuevo ciclo exige consistencia, gradualidad y resultados medibles.


En definitiva, 2026 no será un año de llegada, sino uno de tránsito. Un periodo en el que nuestro país comenzará a redefinir su rumbo económico y laboral, dejando atrás una etapa de incertidumbre para avanzar hacia un escenario de mayor previsibilidad. El éxito de este proceso dependerá de la capacidad de alinear políticas públicas, decisiones empresariales y expectativas sociales.



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